09/02/2012 MUNDO JUDÍO
Maurycy Minkowski en el Museo de Artes Plásticas de Bs. As.
Autor: Tamara Kohn, Buenos Aires
El pasado 15 de diciembre, el IWO (Idisher Visinshaflejer Institut) inauguró una muestra dedicada al artista plástico Maurycy Minkowski en el Museo de Artes Plásticas Eduardo Sívori, en Buenos Aires. La muestra cuenta con una selección de obras que representan sólo una parte de la gran colección que conserva el IWO. Incluye un autorretrato, un retrato de la esposa del artista, paisajes, escenas de la vida cotidiana, de los días festivos, una serie de novias con marcos tallados por el mismo artista y escenas del sufrimiento de los judíos perseguidos en la Rusia zarista de principios del siglo XX.
La muestra atrae a diario turistas que visitan Buenos Aires, curiosos que pasean por los bosques de Palermo y entran al museo, clientes del café del museo y aficionados al arte que no dejan de perderse la muestra de este artista poco conocido que deja a todos maravillados con su obra y su historia.
Maurycy Minkowski nació en 1881 en el seno de una familia judeo-polaca de clase media, en la moderna ciudad de Varsovia. Entre 1900 y 1904 estudió artes plásticas en la Academia de Arte de Cracovia, donde se perfeccionó bajo la tutela de grandes artistas polacos quienes lo influenciaron fuertemente.
Durante los primeros años, Minkowski se dedicó a pintar paisajes y retratos hasta 1905, año que significó un cambio crucial en su carrera. En efecto, a raíz de los pogroms de 1905, Minkowski comenzó a representar temas judíos en sus pinturas, especialmente el sufrimiento de los judíos en los pueblitos de Europa Oriental pero también la vida judía diaria en el “shtetl”.
El rescate de los escombros
A partir de 1907 expuso en diferentes países europeos con un creciente éxito y en 1930 llegó a Buenos Aires, ciudad que iba a ser su primera parada en el camino a Nueva York.
Allí, patrocinado por la embajada polaca en Argentina y apoyado por la prensa judía que se expresaba tanto en idish como en español, el 25 de septiembre de 1930 expone sus obras en la Galería Müller, ubicada en la calle Florida, con notable éxito, al punto que es visitada por el artista judío argentino Israel Hoffman y el famoso Benito Quinquela Martín quienes expresaron su malestar hacia la Comisión Nacional de Bellas Artes por la poca atención que se le había dado al artista recién llegado de Polonia.
Así, se creó un Comité pro-Minkowski que juntó fondos para comprar una de sus obras titulada Comida para los pobres donada posteriormente en 1931 al Museo Nacional de Bellas Artes, donde hasta hoy en día se encuentra en su reserva.
Desafortunadamente, a pocos meses de haber llegado a Buenos Aires, Minkowski murió en un accidente de tránsito, y tras su trágica muerte, se realizó una campaña para que sus obras se vendieran y se juntara algo de dinero para su viuda y su hermano. Lamentablemente, tampoco pudieron venderse muchas de las obras, las cuales fueron conservadas por un señor llamado Saul Rosenberg, quien en 1945 las trasladó finalmente al IWO para su custodia permanente.
Cabe señalar que las obras de esta colección estaban ubicadas hasta 1994 en el edificio de la AMIA, en el IWO, y fueron rescatadas de los escombros luego del atentado terrorista a la sede de la comunidad judía en 1994. Un equipo de profesionales junto con un grupo de 800 voluntarios estuvo presente en el rescate y la restauración de las colecciones del IWO. Desde entonces, el IWO no cuenta con un espacio de exposición permanente, viéndose obligado a realizar muestras temporales en diferentes museos de la ciudad. Es así como este verano se expone Minkowski en el Sívori, luego de su última exposición en el Centro Cultural Recoleta en 2006.
La riqueza de la vida judía
Uno de los aspectos más interesantes de la obra de Minkowski es el cambio que se produce a raíz de los pogroms de octubre de 1905. Fue entonces cuando impactado por el creciente odio hacia los judíos, en 1907 Minkowski emprendió un viaje hacia los shtetls de Ucrania donde encontró un mundo que se desvanecía: por un lado sus habitantes enfrentaban los dilemas de la modernización y secularización del mundo, y por el otro debían sobrevivir a la relación hostil con sus vecinos no judíos.
En el shtetl, Minkowski encontró un pueblo comprometido con su herencia judía, con su pasado y sus tradiciones.
Minkowski representó el mundo tradicional desde una perspectiva moderna, ya que la mayoría de las figuras que aparecen en sus cuadros son mujeres. Pero no se trata de la mujer como objeto, de la mujer como representación de la belleza externa y superficial, sino de la mujer como ser humano con belleza interior.
Es por eso que las pinturas de Minkowski tienen una atmósfera tan particular. Por un lado se refleja la riqueza de la vida judía y la participación de la mujer en todos los ámbitos en los que esta se desarrolla, pero por el otro, las figuras se encuentran aisladas y pensativas.
La expresión de preocupación y reflexión es lograda a partir de los rostros simétricos y frontales mientras que los ojos cansados de las figuras reflejan su mundo interior, su espíritu, resultado de la combinación de dos tendencias artísticas: el simbolismo y el realismo social. La primera se caracteriza por el uso simbólico de figuras aisladas y pensativas que reflejan un mundo interior, donde lo espiritual trasciende el materialismo del mundo sensible. La segunda, está relacionada con la sensibilidad hacia el mundo tal cual como es, y se centra por lo general en la representación de la vida cotidiana del hombre simple, que es caracterizado como un héroe.
De esta manera, la combinación de ambos estilos genera la heroización de la figura femenina en el sentido del realismo social. Pero, ¿Quiénes son las mujeres que pinta Minkowski?
Las mujeres de Minkowski pueden ser definidas como la “Idishe mame“ y como una “Eshet jail“ (mujer virtuosa), es decir la madre y esposa judía que se ocupa de llevar la casa adelante, la economía familiar, la educación de los hijos. La madre judía que es el contacto con el mundo exterior y cotidiano.
Estas mujeres, niños y ancianos, son los personajes que aparecen una y otra vez en la obra expuesta en el Sívori, en Buenos Aires, y no deja de sorprender a las visitas diarias que se reencuentran con un artista olvidado y un pasado alejado, como si de viejas fotografías se tratara.
En los tiempos actuales, en un mundo que fue testigo de la shoá, y en un país en el que las mismas obras de Minkowski fueron rescatadas de los escombros de la AMIA, es difícil imaginarse el valor de estas pinturas en 1930, cuando el artista arribó a Buenos Aires. Sin embargo, resulta interesante el hecho que se decidió exhibir las obras de un artista que pintaba temas muy relevantes para la comunidad judía argentina que por entonces estaba integrada por inmigrantes y sus hijos.
La imagen de la madre judía, aquella que muchos jóvenes dejaron atrás en el shtetl, en el viejo mundo para “hacerse la America” es primordial. Pero además, Minkowski pintó a los judíos afectados por los pogroms como emigrantes escapando de los peligros de Europa para aventurarse en el nuevo mundo, y así representó, cómo familias enteras dejaban atrás junto con los pueblitos las historias y los lugares donde sus antecesores habían vivido durante siglos.
Luego del Holocausto y del atentado de 1994 las obras de Minkowski nos enseñan sobre la historia de los judíos en Europa, pero también sobre la historia de la comunidad judía argentina. Reflejan el mundo que vieron los ojos de nuestros padres, abuelos y bisabuelos hacia 1930. Las obras de Minkowski nos enseñan sobre el pasado, pero también sobre el presente: sobre la tarea de preservar la memoria y sobre el antisemitismo en la actualidad, identificarnos por haber sido “víctimas” materiales del odio anti-judío tal cual como lo fueron aquellas mujeres tristes y preocupadas de los cuadros que pintó Minkowski.
Pinturas que reflejan el dolor de los pogroms
10/Feb/2012
Aurora, Tamara Kohn